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ATEMPORAL Vol. 02
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ATEMPORAL Vol. 02

Lugares que se convirtieron en sueños porque nunca dejaron de existir.

Joy Madera

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Joy Madera

IG: @yosueñoconplatos | Fotos por Joy Madera y José O. Rodríguez

Cano’s Fried Chicken y Cafetería, Aguadilla

Suena a aguacero torrencial. Las calderas llenas de manteca caliente y pollo en transición a ser vestido. Un traje dorado, crispeante, ahora le cubre por completo. La humedad de su interior queda protegida. Sellada. Mis labios adoptan su resplandor al morder. El calor se escapa por las comisuras al pillar los dientes con el labio inferior. Así recuerdo el pollo de Cano’s, que pensaba que era en Moca, pero no, está justo en el barrio Palmar en la carretera #111 en Aguadilla, a punto de pisar la colindancia con el pueblo de Moca.

Perdición total.

Mi debilidad.

La emblemática caja de pollo frito empanado con papas y mucho ketchup que lleva desde el 2009 en el Oeste de la isla, puede saciar el más amargo de tus días. Eso sí, si te gusta la grasa, porque aquí encontrarás mucha. Lo admito: AMO el pollo frito. Aunque ya no lo consuma tan seguido.

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En el interior del espacio encuentras un cuadro con un afiche de una de las obras de Francisco Oller en la pared —El Velorio (1893)—. Nunca olvidaré esta pieza. Fue la primera obra de arte que aprendí en la escuela elemental y que dejó huella en mi mente. Quizá porque era un baquiné —el velorio de un bebé— y, como niña, nunca había experimentado de cerca la muerte de otro niño y, en este caso, más pequeño que yo. Una mesa y dos sillas vacías debajo y la fila de gente que llegaba hasta la puerta en un salón vacío. Salón que pareció haber perdido su vitalidad durante la pandemia porque ahora solo sirve de antesala a la ventana para ordenar y recoger tu orden. A los extremos de la ventana encuentras dos puertas: una que te dirige a otro salón con algunas mesas y sillas, y la otra hacia un salón con barra y billar ya un poco más alegretón.

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Ahora bien, el olor a pollo recién frito, la emoción y ansiedad en las caras de la gente daba la esperanza de que valía la pena esperar, y así fue.

Llegó mi turno.

Cuatro hombres en la cocina. Tres frente a las freidoras y uno que tomaba tu orden.

“Dígame dama, ¿qué desea? ¿La cajita con papas y ketchup o sin ketchup?”

Obviamente la pedí con ketchup y mis piezas favoritas, muslo y cadera ($6.25). Sabe diferente cuando ellos lo sirven, y mi teoría es que se crea un sabor distinto cuando la salsa toca las papas y el pollo justo acabado de salir de la freidora. Esa manteca caliente en contacto con la salsa, ahhh… —ahí está la clave—.

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El dueño, Héctor Soto, conocido como Cano, es hijo de Chano, fundador de la legendaria cafetería especializada en pollo frito empanado de la calle Victoria en Aguadilla. El producto es bastante parecido a la vista, pero saben distinto. En esta ocasión puedo decir que prefiero el de Cano.

La Cafetería Chano lleva más de 60 años establecida en Aguadilla. Lamentablemente, su dueño original, a quien todos conocían por Chano, falleció, pero su legado permanece en el pollo popular que tantos adoran en la Avenida Victoria, hacia el pueblo de Aguadilla, muy cerca del Residencial José A. Aponte. Hace unos tres años, Don Agustín Méndez Villanueva adquirió el negocio, comprándolo a los hijos de Chano ya luego de su muerte, según comenta Ana Ocasio Hernández, empleada del establecimiento desde la nueva administración.

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“Lo más que me gusta de este lugar es recibir a clientes de diferentes pueblos, trabajadores, estudiantes… hasta gente de Alemania nos ha visitado buscando nuestro pollo. Yo trabajo limpiando y condimentando los pollos”, comenta Ana.

Cuenta que en sus orígenes el espacio comenzó como una cafetería porque hacían sandwiches, pero lo que tenía “salida” era el pollo frito y es lo que ha permanecido. La típica canasta de pollo: una caja con dos presas de pollo frito y papas que pueden ser muslo y cadera ($8.00) o pechuga y ala ($8.50), las papas solas ($2.75). Ya no se vende alcohol ni permiten bebidas alcohólicas de “afuera” en el espacio, razón por la que la barra vacía ahora da un sentido de ausencia en el lugar. Me tomó por sorpresa ver el lugar vacío durante mi visita.

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Recuerdo una madrugada en el aeropuerto Luis Muñoz Marín (SJU). Esperaba en el gate por mi vuelo a Nueva York (JFK). Había un señor ya como en sus cincuenta largos con un duffle bag azul marino. De repente abre la cremallera y saca una cajita. Inmediatamente el olor a pollo frito se apoderó de la sala —gente, faltaba un cuarto para las 6 a. m.—. Cuando abre la tapa, una papa frita bañada en ketchup quedó pegada a la tapa. En ese momento supe que el pollo era de Chano. El verdadero desayuno de campeones.

Le preguntamos: “¿De Chano, verdad?” El caballero sonrió y continuó abriendo su equipaje y nos muestra un par de cajas más.

“Estas son para mi hija, que las está esperando en Nueva York. Si no las llevo, me mata”.

 

Cafetería Bracero (de cariño Wiliche), Cabo Rojo

Visité el espacio por vez primera hace unas semanas con mi amigo Erik, luego de escuchar su devoción por el espacio donde tomaba batidas y comía sandwiches de jamón, queso y huevo junto a su abuela. Fundada en el 1947 y, para mi sorpresa, todavía hacen batidas y sandwiches suculentos como los que comía en la guagua de Fonfri en Aibonito en mis recesos de la escuela superior.

Sábado, 10 a. m. salimos de Aguadilla en ruta hacia Cabo Rojo. Haciendo chistes y escuchando a Erik recordar todo lo bueno que este espacio aportó a su niñez y cómo ahora, en su madurez, todavía hace sus días dulces estando allí. 11:30 a. m. llegamos al pueblo y, en la esquina entre la Calle Muñoz Rivera y la Calle Betances, se posaba serena la cafetería con la pintura de un retrato de Ramón Emeterio Betances plasmada en una esquina exterior y, en la otra, un mural del mar con veleros y un ancla gigante. Más caborojeño imposible.

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Entramos.

El interior, casi una postal de época. Barra con unos 10 stools bajos de los que están pegados al suelo, estilo soda shops de los años cincuenta. Muchas artesanías de nacimientos y pesebres navideños con los reyes magos en una repisa que servía de techo al área de servicio. Una balanza antigua que, al colocar la moneda en tu mes de nacimiento, revelaba tu fortuna y apariencia. Eso sí, mientras más monedas echabas, mejor sería tu aspecto, ¡ja! Fotos y afiches de Wiliche —William Bracero—, quien ya no está desde el 2006. Sus hijas, Willidy, quien cocina, y Anagaly ahora son quienes operan el espacio a diario con mucho orgullo y ese cariño genuino que se siente desde que pones el primer pie en alguna de sus múltiples entradas. Hay una tercera hermana, Magaly, la gemela de Anagaly, pero no está en la operación diaria del lugar. El aire fresco se cuela en el lugar; una máquina de hacer batidas continúa funcionando como atrapada en el tiempo.

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Pedí una batida de chocolate. Te la sirven en un vaso de 16 oz. y te dan lo que restó en el vaso de stainless steel donde se prepara la batida —y no te cobran el excedente—. ¡Qué maravilla! Suave, cremosa, perfecta para un mediodía de humedad donde ya apretaba el calor. Anagaly, la hija que te recibe y sirve todo en el espacio, sonreía y esperaba mi reacción luego del primer sorbo. Mis ojos se expandieron. El frío terciopelo dulce y achocolatado bajó por mi garganta nivelando el calor del cuerpo. A la vez, la mente frizada, ¡ahhhh! Por alguna extraña razón —mi mente vuela— conecté al recuerdo de mi niñez cuando mi papá me llevaba a comer helado de chocolate en el Howard Johnson en Condado. Servían la bolita de helado en una copa de metal que lo mantenía frío y contenía el mantecado derretido hasta beber su última gota y terminar con el choco bigote.

Felicidad en un sorbo.

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Erik pidió la suya de vainilla con canela y un sandwich de pastrami; yo también pedí uno. Bailábamos de emoción sentados en la barra mientras esperábamos nuestros sandwiches. Su sinceridad al hablar de lo que este espacio representa en su vida y verlo en su estado natural de felicidad valida todo lo que probamos esa tarde.

“Wiliche es mi infancia con mi abuela, la simpleza de la vida cuando uno es niño y está explorando y probando cosas nuevas. Es recordar, nostalgia … y que todo sepa igual a como sabía antes, es como un pedazo de mí que se quedó y siempre va a ser el mismo ahí. No importa cuanto yo crezca y cambie, ahí está mi crianza. Yo era el nene en pampers que la abuela buscaba porque se le escondía y se iba por ahí a hablar con los viejos. Es volver a casa.” —Comentó Erik—

Renol Soto, regular de la cafetería y exalumno de Anagaly —quien es abogada y profesora de justicia criminal—, nos contó su historia de vida y descendencia. Pidió su criollito (sandwich de pan sobao, jamón, queso y huevo) y malta bien fría que se podía palpar vestida de novia. Sacada de la nevera de las barras de antes, las que subes la tapa con el mango hacia arriba y cabe un mundo de bebidas adentro forradas de escarcha —sí, esas mismas—.

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Doña Cristina, vecina, entra solo a saludar. Fabulosa, bien puesta con su blusa blanca de rayas azules y sus espejuelos rojos. Otros comensales de cabellos del color del platino hablaban de su niñez y cuentan que allí también hacían mantecados. Dicen que eran los mejores en todo el pueblo y quizá los mejores que han probado en sus vidas.

Suena la campana. Llegó la hora más esperada. Las canastas plásticas ovaladas en colores se deslizaban en el mostrador de la barra. El sandwich de pastrami fácilmente era media libra de pan. Tostadito, lleno de pastrami en pedacitos, queso suizo, lechuga finita cortada en franjas, mayonesa y ketchup. El criollito era un poco más pequeño, pero igual de aplastadito y crujiente. Los sandwiches que todo puertorriqueño ha probado alguna vez en su vida y son parte de su ADN.

Comfort.

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Estos lugares atemporales representan nuestra identidad y memoria colectiva. No queremos una mesa, sino nuestra mesa. La que nos conoce de años. La que sabe nuestro nombre y nuestros gustos. La que no necesitamos enmascararnos porque es nuestro lugar después de la casa y el trabajo.

Es familia.


Para seguir soñando

Cano’s Fried Chicken y Cafetería Chano se encuentran en Aguadilla, y Cafetería Bracero en Cabo Rojo, Puerto Rico. Sus propuestas hacen honor a la comida popular ya sea para desayuno, almuerzo o cena —en el caso de los pollos fritos—. El costo de estas  experiencias es accesible. A continuación te damos las Coordenadas del Sueño en el carrusel de restaurantes mencionados en el artículo a través de Atlas el directorio gastronómico de La Mafia, PR.


Recomendación Honesta: Todas las comidas fueron pagadas en su totalidad por la escritora. Aunque Erik pagó la gasolina ;)


JOY MADERA • @yosueñoconplatos | @lamafiapr
Escritora gastronómica con más de 15 años entre la hospitalidad y la mesa. Hoy escribe y cuenta historias de comida. Cree que un plato puede ser tan poderoso como cualquier recuerdo: una forma de memoria.

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Restaurants mentioned in this article

Cafetería Chano's

Cafetería Chano's

PR-111/ Avenida Victoria | Aguadilla

Pollo frito y papas fritas. ¡Un clásico!

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Cano's Fried Chicken

Cano's Fried Chicken

Carr. 111 Km 1.2, Bo. Palmar | Aguadilla

Pollo frito y papas, un clásico de Aguadilla.

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