ATEMPORAL
Este recorrido celebra negocios puertorriqueños que han convertido la constancia, el sabor y la memoria en parte de su legado.

Escrito por
Joy Madera
IG: @yosueñoconplatos | Fotos por Joy Madera
Resistir el paso del tiempo sin volverse anticuado es una meta a la que aspiro en la vida. Admiro los restaurantes o puestos de comida que han logrado este cometido. Lugares que celebran la comida popular sin distinción de persona o clase social. Lugares que alimentan el alma y el más voraz de los apetitos. La constancia en su entrega les hace únicos.
No te piden nada. No tienen que impresionarte. Ya eres suyo, hace mucho tiempo.
Todos tenemos ese lugar de pueblo, a donde comíamos lo que hasta hoy consideramos la mejor pizza, hamburguesa, pollo frito o sandwich de jamón queso y huevo. No necesariamente tienen los mejores ingredientes o el espacio más despampanante de la tierra. Pero es el lugar de tu niñez, de tu juventud, y ahora de tu madurez. Son lugares preservados o más bien atrapados en su propia cápsula del tiempo. Los recordamos y vivimos exactamente igual. Y es que es muy probable que permanezcan así—valga la redundancia—. Quizá han tenido alguna leve remodelación con el pasar de los años, pero el producto, servicio y ambiente prevalecen intactos o al menos así lo percibimos.
En Puerto Rico existen muchos de estos negocios que aun viven y que son nuestros favoritos, que soñamos con ellos. Deseo destacar que los negocios mencionados en este artículo no necesariamente representan nuestra comida típica puertorriqueña —aunque sí su sabor— pero si reflejan la influencia estadounidense en nuestra alimentación nos guste o no. Realidad que toca las diferentes esferas de nuestra vida y sociedad. Platos universales, reconfortantes y que muchas veces los consideramos nuestros guilty pleasures.
El Hamburger, Puerta de Tierra
Ambiente familiar y salsa de la gruesa sonando al fondo. Fotos de artistas puertorriqueños mayormente salseros en una de las paredes casi estilo mural decoupage. Figuras como La Niña de los Ojos Brujos: Nydia Caro y su foto promocionando la cerveza Schaefer. Sí, quedé muerta la primera vez que la vi, jamás hubiera conectado a las dos —y me encanta—. Y es que así mismo es el efecto de El Hamburger con Puerto Rico. De afuera lo miras y no sabes qué esperar.
Ya adentro pruebas.
Te agarra y perteneces.
Se va contigo.

Podemos definirlo como el templo de la comida popular. Un espacio que ya cumplió más de 60 años desde su apertura en la calle Tetuán en el Viejo San Juan donde operó por dos años antes de moverse a su actual ubicación en Puerta de Tierra. Fue Don Chiqui quien viajó a los Estados Unidos, vio el concepto, le gustó y lo trajo a Puerto Rico. Adalberto Arroyo a quien todos llaman "Tito" y Angel Núñez, ambos empleados gerenciales con más de treinta años en el lugar me contaron su historia.
Angel se refiere al lugar como icónico.
"¿Qué porqué sigo aquí luego de 30 años? Me gusta el servicio al cliente y este negocio ha sido bendecido por Dios y es próspero. Lo amo, lo amo… me gusta lo que hago."
Tito cuenta que conoció a Don José Caballero alias Chiqui —Fundador— a través de Hugo Barbosa, encargado del negocio en aquel entonces como gerente.
"Yo venía de una ferretería así que me encargaba de hacer cosas livianas como envasar el ketchup, la mayonesa y la mostaza, rellenando servilletas, to' esas cosas por que no sabía de esto. Yo sí sabía de electricidad, plomería y de administrar un negocio. Le caí redondo a Chiqui, ya usted sabe… a él le gustaba lo que yo hacía y pues todos tenemos algo nuestro para contar."
Ambos hablaban de la generosidad de Chiqui, quien siempre daba bonos, regalías y les ayudó a tener su primer hogar.
"En todos los negocios no hacen eso, 37 años llevo aquí" comenta Tito. "
Yo llevo aquí desde el 91" repica Angel.
Don Chiqui falleció a sus 80 años y al no tener herederos el negocio pasó a manos de sus hermanos. Aun así la esencia del lugar permanece intacta, preservada. La pasión y vitalidad de sus empleados es contagiosa —adoran el lugar—.

El concepto aparentaba ser muy sencillo y en este caso no existía en Puerto Rico. “Eran unas albóndigas gigantes de carne y las aplastaba en la parrilla" sonreían y comentaban ambos haciendo el gesto de armar una albóndiga del tamaño de una pelota de béisbol aplastándola en la mesa. Estas se servían como hamburguesas solo con ketchup, mayonesa, queso suizo, cheddar o blue cheese y papitas Lays —no eran fritas— eran Lays y Coca Cola. Luego con el pasar de los años cambiaron las papas a fritas, añadieron más opciones de quesos, tocineta y cebollas caramelizadas —como las llaman ahora—.
Antes las llamaban cebollas amortigüás. Lo aprendí a la fuerza hace quizás unos 12 años, una tarde en la que llevé a mi amigo Andy a probar. Cuando pedí las cebollas caramelizadas, la señora que nos atendía me miró cruzado y me dice: "Nena, ¿las amortigüás?" Yo, con mi cara roja de la vergüenza porque soné medio pretenciosa. Andy muerto de la risa, y hasta el día de hoy siempre me las recuerda.
¡Zap! ¡Szzzz! La parrilla prendida en llamas y pequeñas explosiones suenan cuando los jugos de la carne se funden con el fuego. Sabor a día de playa de mi niñez. Quemadito por fuera, con matices de carbón encendido. Suave por dentro, carnoso y abundante. Puedes escoger tu queso favorito y si quieres ensalada o cebollas. Mi favorito es el de queso suizo —$5.25— con cebollas caramelizadas —$.75– y si voy a todas ese día, le añado tocineta.

La magia del lugar reúne todo tipo de clientes: cuellos blancos y azules, estudiantes, familias, turistas, jóvenes, viejos y los in between, en fin, es fascinante palpar la mezcolanza de caracteres que se dan cita allí para solo una cosa: tener en sus manos el divino hamberguito. Con batatas o papas fritas —las finitas con mucho ketchup— o con onion rings.

El "hamberguito", como le llamamos por el pequeño tamaño de estos, aunque con uno es más que suficiente por lo menos para mí —otros se comen dos o tres— y no hay problema.
Actualmente importan alrededor de 10,000 libras de carne de res 80/20 que le duran unas dos semanas y media y si están en temporada alta puede ascender a unas 12,000+ libras.
Pizza Chica ahora: Claudio's Pizza, Aibonito
Podríamos decir que casi todos los cascos urbanos o una buena parte de ellos tienen una pizzería local, de pueblo. Nada de renombres, simplemente pizza. Yo, nacida y criada en Aibonito, visitaba una de niña: Pizzería Chica. Lamentablemente cerró hace un par de décadas, pero uno de sus pizzeros continúa la tradición haciendo honor a la pizza que aparece de tiempo en tiempo en mis sueños. Ahora Claudio’s Pizza. Un pequeño local independiente en la Calle Federico Degetau muy cerca de la Guardia Nacional, la Escuela Superior y la Fraternidad Chiquita —como le llamamos en Aibonito porque hay dos, la otra es la grande— solo cinco booths de madera laminada color rojo pelo de payaso, fotos de la antigua Pizzería Chica y un mostrador donde toman tu orden al llegar.


Masa fina, casi una versión de la New York style. Tostada. Salsa de tomates dulces que juegan con la sal del queso mozzarella amarrando la lengua. Ruedas crujientes de pepperoni que se esconden detrás de las muelas haciendo la boca aguas. Tan caliente que el cielo de la boca se ve forzado a mudar su piel. Regreso an ella cada vez que puedo cuando visito la casa de mis padres en el pueblo de nombre hermoso. Mi amiga Lara de Barcelona dice que soy dichosa de tener un nombre alegre —literal— y de haber nacido en un pueblo de nombre hermoso —también literal— ya con esto llevo la delantera.

Don Héctor Manuel Claudio Morales de 74 primaveras cuenta que era el pizzero número uno de Pizzería Chica. Su tío Saro Claudio la fundó en el 1971.
"Saro era tremendo Chef y tenía buena sazón. Trabajó unos 50 años en Long Island donde aprendió a hacer pizza y trajo el buen secreto a Puerto Rico. Llegamos a ser 6 a 7 pizzeros, y el negocio le dio vida a mucha gente. A mí siempre me gustó aprender, trabajar y servir a la sociedad de estudiantes, así que decidí abrir la pizzería cuando cerró la otra", comenta.
Ahora su hijo Héctor Rafael Claudio es quien continúa la tradición junto a su nieto.
"A mi edad ahora estoy cansado, pero me encantaría montar un negocito para entretenerme, pero no le puedo hacer la competencia a mi hijo. Somos una familia unida. Cada cabeza es un mundo, yo siempre soy el mismo", cuenta Don Héctor sonriente.
Relata que su familia tiene una especie de franquicia familiar, pues hay versiones de su pizza entre sus familiares con negocios en los pueblos de Guayama, Yauco, Ponce y Cayey. Sostiene que su pizza es la mejor.
Recuerdo las visitas a Pizzería Chica con mi mamá luego de su jornada de trabajo, una de esas tardes en las que ella no deseaba cocinar. Mi hermana y yo felices de ir a la pizzería. Era como el premio de una buena semana… Que se manchara la camisa blanca con el aceite del pepperoni, tomar refresco de china sin limitación, las manos y el borde de la boca pegajosos con la mezcla de la grasa y la harina de la pizza. Qué delicia, o como diría mi querida amiga Sophie: "que agusticidad". Ahora con Claudio’s Pizza aún en vida, no le cuenten a nadie y digan lo que dice Don Héctor: "El secreto no lo tiene todo el mundo".

Hoy nuevos integrantes se suman a la competencia de los clásicos de siempre. Aún es muy pronto para saber si resistirán el pasar de los años y si se convertirán en ese recuerdo o sueño atemporal. Sus espacios son modernos y estéticos. Los precios no necesariamente son igual de accesibles, pero su oferta es muchas veces creativa y un tanto distinta. Yo, sigo celebrando espacios como estos. Me permiten volver a ese sueño que al estar despierta permanece siendo real.
En la segunda parte de este artículo nos movemos al oeste, donde conocerán la historia de dos cafeterías que permanecen inmunes al tiempo.
Para seguir soñando
El Hamburger se encuentra en Puerta de Tierra, y Claudio’s Pizza en Aibonito, ambos en Puerto Rico. Sus propuestas hacen honor a la comida popular ya sea para almuerzo o cena. El costo de estas experiencias es accesible. A continuación te damos las Coordenadas del Sueño en el carrusel de restaurantes mencionados en el artículo a través de Atlas el directorio gastronómico de La Mafia, PR.
Recomendación Honesta: Ambas comidas fueron pagadas en su totalidad por la escritora.
JOY MADERA • @yosueñoconplatos | @lamafiapr
Escritora gastronómica con más de 15 años entre la hospitalidad y la mesa. Hoy escribe y cuenta historias de comida. Cree que un plato puede ser tan poderoso como cualquier recuerdo: una forma de memoria.






